miércoles, 25 de noviembre de 2015

Música de Septiembre.


Sábado 18 de Septiembre de 1954.

V.R.C.
En estos días de septiembre no podemos descartar la alegría que produce la música de las bandas militares. La razón elemental está en que las bandas se asocian con las marchas que invitan aunque sea a marcar el paso.

Los brillantes instrumentos al sol; el compás de los músicos que pasan, y el despertar colectivo, cercano o distante, que provocan las notas marciales, constituyen un verdadero catalítico. Aunque seamos antimilitaristas o reumáticos, esta música se septiembre nos aviva y precipita en un plano de emoción inequívoca.

Nuestras bandas militares son buenas. Saben lo que tocan. Sus componentes son estudiosos. Por las mañanas la vecindad de los cuarteles escucha las frases musicales que se repiten tediosas en los ensayos. Algunos músicos repasan en sus casas los pasajes más difíciles de un pentagrama recomendado por el director de la banda. Y esta vida es, tal vez, un tanto ignorada por la ciudadanía, la que sólo aprecia el resultado de  los desvelos: el paso entusiasta y repleto de notas de la banda, seguido el grupo de músicos por un enjambre de hombres, mujeres y chiquillos que se esfuerzan en llevar el paso en la marcha improvisada. Nunca falta el quiltro que se apega al carro marcial callejero.

Los platillos que relampaguean al sol al chocarlos en lo alto con un ágil movimiento de muñecas; los clarinetes y oboes clásicos; los pífanos y las cornetas de llaves; los bajos, las trompas y los helicones majestuosos, diluyen las amargas experiencias de la vida cotidiana. Es común oír el grito de “Allá viene la banda!” Y se apresura el paso para tomar colocación en el borde de la calzada, para verla pasar. Los tambores al unísono anuncian su cercanía, luego pasan atronadores y se alejan. Las miradas siempre reclaman la apostura del tambor mayor.

Cuando la banda cesa de tocar y sigue la marcha muda, los que miran o acompañan a los músicos parece que cayeran en el vacío. Pierden el ritmo que los atenazaba y todo vuelve a ser como antes.

En realidad, una banda de músicos siempre esparce alegría. De allí que hemos clamado para que no falten las plazas y paseos públicos, para que llenen el ambiente abandonado de los barrios con sus melodías salidas de los bronces, maderas y timbales que siempre gustan, aunque se utilice un viejo pentagrama o la última composición de moda.

Papeles tricolores, naranjas encendidas, banderas y empanadas forman con una banda, el cuadro palpitante de septiembre.


Recopilación de: Alejandro Glade R.





lunes, 23 de noviembre de 2015

Entre dos fuegos


V.R.C.


El ataque que se realiza en contra del cigarrillo, por los males que causa, está contrapesado por los elogios que surgen de parte de los fumadores. Empero, en los últimos meses ha arreciado la tormenta, reforzada por los informes médicos. Entretanto, se sigue fumando en la vida real y en los libros, pues no hay novela policial en que no aparezca la pipa, el habano o el cigarrillo. Quienes defienden la “flauta fumatérica” para tocar las azuladas melodías del humo, se aferran a razones filosóficas y sentimentales para oponerse a las científicas que hablan de cáncer pulmonar. 

En coplas y cantares se encuentra la confianza:

                       


                        Como veneno el tabaco
                        es de muy lentos efectos,
                        pues fumando desde niño
                        cien años vivió mi abuelo.

Los fumadores empecinados, los que no olvidan la lealtad, aunque se encuentren moribundos, murmuran:

                        A morir nunca dispuesto
                        tal vez lo haga resignado
                        si una mano me aprisionas
                        y en la otra tengo un cigarro.

Mark Twain, gran fumador, en su “Ensayo sobre el Tabaco”, dice que niños de veinticinco años, que poseían experiencia de siete, trataron de hacerle ver la diferencia entre un cigarro bueno y otro malo. El escritor se reía al decir que nunca aprendió a fumar, pero siempre fumaba. Y eso que vino al mundo pidiendo un fosforito… Agregaba que era tan fácil dejar el cigarrillo que él lo dejaba… cada quince minutos…

Los que están ya en la brecha humosa no desertarán, y si alguno de ellos deja el vicio, lo hará con la esperanza de volver algún día a fumar aunque sea cigarrillos de quáker seco. El mismo Twain, estando muy enfermo, encontraba alivio solamente en la lectura y en el fumar. Fumaba excelentes habanos, pero no quáker…

El libro “El Tabaco en Poesía”, editado en la Habana, en 1946, es una antología que alivia el horror del cáncer, porque en ella todo es elogio para el fumar. No obstante, los últimos informes médicos salidos de reuniones científicas de EE.UU. hacen apagar precipitadamente el cigarrillo con todos sus ingredientes combustibles adicionales. En cada país ha prendido la campaña, poniendo entre dos fuegos al fumador.

¿Podrá seguir Europa bendiciendo al Nuevo Mundo por la papa, la quina y el tabaco? En tierras americanas se descubrieron estas dádivas. El tabaco, que nos ocupa, permanecerá mucho tiempo como alimento espiritual y sedante nervioso, aunque los médicos tengan razón en sus informes. Es que cuesta dejar a un amigo fiel de tantos años que acompaña mudo y alienta sin cesar. La compañía es cobrada a veces, al final, a un precio doloroso, pero en otras ocasiones el desinterés del amigo es desconcertante. Y es nuestra esperanza de no pagar la lealtad que nos ha brindado. Somos humanos.

Un cenicero lleno de colillas siempre fue una elocuente biografía de un estado de alma. Hoy quiere ser, simplemente, un peligroso diagnóstico orgánico.



Recopilación de: Alejandro Glade R.