viernes, 9 de diciembre de 2016

“A la diabla”


Seguimos con la chapucería. Este es un mal que se ha adentrado tanto en nuestra industria, que es preciso recurrir a remedios severos. No se puede seguir el camino de la desarmonía, pues mientras la buena fama reviste justamente a unos artículos nacionales, otros viven “a la guerra” en el comercio, a la sombra de los méritos y de los laureles bien ganados de la industria nacional. Hay algunas industrias que tienen especial cuidado en “dorar la píldora”, para que los compradores se entusiasmen con los colores brillantes de los esmaltes… Lo imperfecto y lo rudimentario alcanzan precios inverosímiles, y es lamentable que, poseyendo el país artesanos de reconocida capacidad y adaptabilidad, se produzcan borrones. Se malogra así el esfuerzo de aquellas otras industrias que van a la vanguardia.

Se trabaja de cualquier modo y con un desprecio olímpico por el público comprador.

No podemos negar que desde poco antes de la última guerra, nuestro país ha visto la aparición de muchas nuevas industrias grandes y pequeñas. Comenzamos por ver un gran número de juguetes de madera esmaltados. Magnífico esfuerzo sin embargo, hay algunos de esos juguetes que sin tocarlos se desarman solos. ¡Y qué precios! Ni que la madera fuera traída de los bosques privilegiados de Sumatra. No se pide “eternidad” sino una duración razonable.

¿Quién no se queja de algunos zapatos? No duran nada. Muy brillantes, muy enmarcados en las líneas de moda, muchos sellos, muchas luces de perfil y de frente y muchos trípodes en las vidrieras para luego quedar, con perdón de los lectores, con “la pata en el suelo”. Y esta experiencia desagradable se tiene a corto plazo, aunque la mercadería se vendía a largo plazo… ¡Como se añoran los zapatos hechos a mano! Es claro que no vamos a exigir los zapatos del abuelo aquel que se jactaba de haber usado un par de zapatos durante cuarenta años… El buen hombre había vivido montado a caballo atendiendo las faenas del campo.

En verdad, el gran número de industrias,  en vez de producir una mejor calidad de artículos por la competencia, ha provocado un desmejoramiento. Se ha descendido con toda libertad a la pacotilla y al engaño con la “mano de gato”, por aquello de que “todo entra por los ojos”.

La historia habla que bajo la dirección del Padre Carlos, de los condes de Flainhausen, se construyó aquí en Santiago, sin que ninguna pieza se trajese de Europa, el reloj que adornó la torre de la Compañía. Y era un buen reloj. ¿Por qué hoy no puede arreglarse a la perfección uno de estos artefactos de bolsillo? Se dirá que no hay repuestos y que la máquina es mala de nacimiento pero el caso es que hasta cuando el reloj es de buena clase, el relojero chapucero no falta. Esta es una canción que todo el mundo tararea. La mayoría de los que componen relojes son un problema nacional. Es cierto que en estos tiempos de desorden se segundos más segundos menos no se toman en cuenta, sobre todo cuando hay tanta gente que malgasta el tiempo en tonterías y tienen el reloj solamente para la vista.

Trabajar  “a la diabla” no conduce a ninguna parte, excepto al desprestigio y a la falencia. Los industriales que tratan de llenar el mercado con artículos de mala calidad, deben meditar en la seguridad de su trabajo y en el respeto que se debe al público sitiado por necesidades. Lo demás es aventura, simplemente aventura…





Recopilación de: Alejandro Glade R.












jueves, 22 de septiembre de 2016

Chapucería


V. R. C.
Está bien que le busquemos los tres pies al gato en estos tiempos de necesidad, pero no nos salgamos de madre. Todo tiene su medida cuando se trata de la consideración ajena. Hay que tener un respeto mínimo para el prójimo que tanto anhela que la industria nacional sea la base de una prosperidad segura, continua y real.

Se ha palpado en este último tiempo mucho de chapucería en diversos campos de la industria. Posiblemente sea un error a primera vista, pero cuando se compran tres abrelatas en un mes y todos se rompen y se doblan, aunque cuesten caros y se vendan con gran propaganda y elogios, entonces la reclamación tiene visos fundamentales y graves. Lo  mismo ocurre con las sillas. ¿Por qué no las fabrican firmes?

Si examinamos detenidamente artículos que se fabrican para diversos usos, descubrimos que algunos fabricantes son unos frangollones. Es natural que estos culpen al obrero de no servir más que para un chapuz, pero con disculpas y traslados de responsabilidades no adelantamos nada. Lo cierto es que si se compra un dispositivo atornillado, al poco tiempo el hilo está gastado y adiós platita. Ocurre igual que con los abrelatas.  Algunas tazas, con la primera agua caliente que se les hecha, lanzan el grito postrero y se parten como una sandía. Y hasta sacos de papel que se venden en el mercado están hechos, al parecer, con “malicia”, pues antes de dar pocos pasos y con muy poco peso, el borde del saco cede y todo cae al suelo. Recién se han dado cuenta los fabricantes de esos bolsones de papel que se requiere un borde de cartón para firmeza, pero aun así, esos sacos son débiles y hay que cambiarlos a menudo. Es claro, se dirá allí está el negocio. No sería ninguna gracia tener un bolsón de papel grueso que durara una eternidad. Empero, no vamos a la exageración, lo único que puede exigirse razonablemente es que duren cinco minutos para poder llegar a casa.

En este problema de hacerlo todo a prisa y mal, para poder ganar dinero y más dinero, existe la vieja costumbre de presentar los primeros ejemplares de un artículo en excelentes condiciones, pero a medida que va saliendo al mercado, al poco tiempo transcurrido, la calidad disminuye, porque ya el artículo “está lanzado” y el público cree que es bueno. Y esa calidad es ficticia, en muchos casos.

La tendencia actual es ir a lo rudimentario, a la pacotilla, al mamarracho. Muy bonito por afuera, pero la hojarasca muy pronto hace su aparición. Se entroniza el descuido, el afán de lo imperfecto y en la mayoría de los objetos se advierten manos de trapo. ¿Cómo fabricar sillas para guaguas que duren para tres generaciones? Esto parece inverosímil, pero conocemos una de esas sillas. La hemos visto en un comedor de una casa de tradición, en donde no hay nada artificial. Esa silla, con su madera redonda y arqueada. La mesita que se levanta y se baja, el soporte para los pies y el asiento y espaldar de junco, conserva el estilo de Viena. Fue hacha hace cincuenta años y costó siete pesos y todavía presta servicios a una tercera generación y quizá servirá para una cuarta.

Parece que hoy la cola no pega bien ni tampoco los tornillos tienen buen hilo. Puede ser que los clavos se doblen y la madera se trabaje en verde, lo que luego produce los desastres. Hay muchas causas para la chapucería en algunas industrias nacionales.

Estimamos que esto hay que corregirlo, porque no es bueno caer sentado en un comedor ante la hilaridad de los comensales ni quedar con un abrelatas en la mano como espada de plomo después  de combatir contra soldados de lata…






Recopilación de: Alejandro Glade R.









jueves, 4 de agosto de 2016

La Gallina


V. R. C.
El grupo de jóvenes parecía un piño de atormentados. A las diez de la noche se afanaban por ir a un baile a cualquier parte, para oír música y ejercitar las piernas con mambos y guarachas. Cambiaban ideas y algunos querían ir al extremo sur de la ciudad y otros para el oriente. Por fin se pusieron de acuerdo y la expedición partió desde una esquina de la Plaza de Armas de ésta capital.

Esto es corriente los días sábados y domingos. Fuera de las quintas de recreo, hay unos salones de baile que ofrecen toda una variedad de peripecias monetarias y malabarismos serios. Con la llegada del frío, los jóvenes bailarines tratan de buscar una expansión bajo techo, para evitar la danza macabra de la bronconeumonía.

En el Valparaíso de otro tiempo, de aquellos años en que se tocaba “Salomé” y “Dardanela” como una gran novedad, existía un salón de baile que siempre funcionaba  “bajo techo”, es decir tenía la pretensión de ofrecer un techo a los bailarines en verano y en invierno, para que pudieran dedicarse confortablemente al arte loco  de Terpsícore. El baile más loco de ese tiempo era el  “shimmy”, un foxtrot con tiritones y con un zangoloteo de los codos, que ahora nos parecería sumamente ridículo, sobre todo en las mujeres. Y noche a noche sin esperar los sábados y domingos, la juventud más granada, la más “decente”, acudía a ese salón de baile ubicado en el Almendral, cerca de la Plaza O’Higgins. El amplio techo del caserón de dos pisos, trataba de cobijar con sus calaminas desvencijadas a los polluelos que llegaban en la noche. Y por esa función “maternal” y nocturna se dio al salón el nombre de “La Gallina”. 

Otra versión dice que el nombre le vino desde tiempo inmemorial por las trifulcas que se organizaban allí y que ponían  “carne de gallina” en los asistentes que si bien eran “decentes”, había entre ellos hombres y mujeres de “dudosa ortografía”. El aire de gresca de música y bullicio, era un contraste con el nombre de “La Gallina”, sinónimo de mansedumbre.

“La Gallina” era de dos pisos. El salón de baile enorme estaba en el segundo. No era  más que un barracón, al que se llegaba por una estrecha escalera de madera. Allí se juntaban los amigos y enemigos, después de comida, muy a disgusto de las “pololas” que sabían que después de despedirse del paseo en la Plaza de la Victoria, los príncipes azules se iban a estirar las piernas a “La Gallina”. En tiempo la barriada en que estaba el salón de baile más famoso del puerto era de gran renombre en la vida nocturna. Ahora, no hay nada de eso. Nuevas inquietudes han reemplazado el bullicio. Y las “pololas” de antaño recuerdan como regañaban a sus príncipes.

-No me mientas, tu estuviste en “La Gallina”, anoche.

-No, amiga del alma. Me acosté temprano.

Los tiempos aquellos se fueron, pero han quedado los recuerdos como aleteos. Hoy” Las Gallinas” que hay en Santiago semejan pollos raquíticos al compararse con la que había en el Almendral, en los tiempos de “Salomé” y de “Hindustán”.




Recopilación por: Alejandro Glade R.









miércoles, 3 de agosto de 2016

La fruta y el niño

Domingo 4 de Febrero de 1951


Sin contar la guerra de Corea ni la de Indochina, la estadística mundial coloca a Chile en el primer plano en cuanto a mortalidad infantil. Eso no se debe al mal funcionamiento de la máquina de sumar ni a la mala jugada de un empleado de Estadística, sino a la deficiente alimentación que tiene nuestro pueblo.

Estamos en una temporada de fruta y vemos con horror que los niños no podrán llevarse a la boca las vitaminas suficientes. Por la carestía, los pequeños tendrán que conformarse con mirar y nada más que mirar. ¿Acaso no queremos a los niños? Parece que olvidamos que son la parte más vital de nuestro cuerpo social. Son la promesa viviente de un futuro. Si están encajonados y en fila en la necrópolis, de poco o nada servirán, salvo para el recuerdo de los padres querendones o de los amigos fieles, y para la estadística cruel que nos fustiga en plena cara.

La desnutrición infantil es un hecho palpable. Lleva a la negación de la resistencia orgánica, resistencia que es sumamente necesaria para hacer frente a las enfermedades que sitian a los niños. La falta de frutas en su alimentación trae malas consecuencias. No se necesita ser médico para decirlo, pero quienes velan por esta alimentación –que son las autoridades y los padres- tienen su pecado: las autoridades, por dejar que se suban exageradamente los precios de la fruta, y, los padres, por creer que se debe enseñar a los niños a “no ser tentados”, mientras ellos saborean un rico “borgoñita con duraznos”.

Los estudios realizados en Chile sobre alimentación popular han demostrado el bajo consumo que hace la población de ciertos artículos vitales. La fruta cada día sube más de precio, alejándose de la mesa de la gente modesta. No decimos que esa gente nunca prueba una ciruela, pero lo que nos interesa en la frecuencia en el niño.

En Bolivia, la gente del pueblo el mejor regalo que envía a sus amistades es una cesta llena de toda clase de frutas que alegran de antemano con sus colores. Aquí, país exportador de frutas, no podemos regalar ni un membrillo “corcho” porque quedamos en la calle. ¿Pobres colegiales! Aunque les salgan boqueras con el membrillo golpeado en la pared, anhelarán esa fruta que también estará por las nubes. Se dirá que para eso está el dulce de membrillo, las mermeladas diversas, los jugos que se expenden en botellas elegantes y las jugueras de las fuentes de soda, y por último las píldoras de vitaminas. Pero el asunto no es de reemplazantes, sin poner en duda su poder alimenticio, sino de fruta directa por razones altamente fisiológicas.

El niño al ver una pera de agua sufre un estímulo en sus glándulas salivales y si se come esa pera el bolo alimenticio es perfecto y nutritivo por equilibrio funcional. Pero se le hace agua la boca sin probar la pera, el estímulo inútil se transforma en irritación orgánica y mental muy perjudicial. ¡Ah!  Se debe esconder la fruta entonces, en las ventanas y puertas de los comercios para evitar el mal… o bien bajar los precios para poder comprar. No se trata de “buscarle el cuesco a la breva”. Pero los hombres maduros de hoy que tienen la palabra y que tuvieron infancia, no deben ser egoístas en un asunto que beneficia  a los niños como es la fruta en su alimentación. Las sales de la fruta ayudan a disolver los alimentos y llevan las substancias  necesarias para construir los tejidos del cuerpo del niño, porque  el niño “se construye” y seremos unos malos arquitectos de la  sociedad si no empleamos buenos materiales en su construcción.



Recopilación de: Alejandro Glade R.





martes, 5 de julio de 2016

Sinfonía del acuerdo


V.  R. C.
El gusto por la música es algo que nos distingue como pueblo. En algunas ocasiones somos desafinados pero eso no importa. Ya sabemos que aparecen los cantores y músicos por generación espontánea en los finales de las fiestas. Los más porros de las clases de solfeo sacan la voz, para hacer arabescos del lado práctico del pentagrama.

Somos todos músicos en potencia, aunque algunos no den señales de tal inclinación. Es común el caso de que los más callados o apáticos, se identifican con la palmípeda famosa antes de partir de este mundo.

Hay una pequeña minoría que toma la música en serio y se somete a la disciplina del estudio sistemático. Se aferra al pentagrama no para columpiarse como un trapecista de circo entre las cinco líneas y los cuatro espacios, sino para construir en la pauta una personalidad o sacar de ella lo que culturalmente exige su espíritu. Esta minoría que considera las diversas llaves o claves como un Sésamo  Ábrete, para el noble deleite del espíritu, sufre una enormidad al ver como cierta gente arpegia en el guitarrón del mal gusto. ¿No somos acaso, melódicos y cadenciosos? Si se trata simplemente de “mete bulla”, también podemos dar un concierto al aire libre con el antiguo y desaparecido cacho del heladero.

Hay una disonancia entre nuestro gusto musical reconocido y lo que hacemos. ¿Por qué no aprovechamos las cualidades que nos elogian? En ninguna parte hay una doble barra que impida una cultura verdadera en eses sentido. Estamos por creer que en nuestra vida musical hay un calderón transitorio. La aparición de aparatos mecánicos que cantan y tocan por nosotros han atrofiado, en parte, nuestro gusto por aprender a tocar un instrumento musical o educar la voz. El desgano por tomar en serio el aprendizaje de la música es una “fioritura” en el calderón impuesto por la mecánica y la técnica de los audiones. Empero, nunca es tarde para entrar al templo de la diosa y quemar  el sándalo con delicadeza para sentir el perfume de nuestra propia ofrenda.

No nos referimos al arte de escuchar – por cierto de primera importancia también -  sino al arte de aprender, que axige además de disciplina, un concepto altamente cultural de ser intérprete de una emoción, para proyectarla hacia adentro o hacia afuera. Es grande la diferencia entre el ejecutante de verdad y el “ejecutante” que coloca un disco fonográfico.

Sabemos que todos no tienen dedos para organistas… Todos no pueden se ejecutantes o compositores, pero la mayoría de las personas creen que sólo existe la guitarra, el piano, el cello y el violín. Y aún entre éstos instrumentos hacen eliminaciones: la guitarra porque es huasa; el piano, porque es caro; el cello porque es muy grande, y el violín, porque es muy difícil. ¿Quién aprende clarinete? ¿Y flauta? En verdad nadie estudiará  el sacabuche ni el cimbalón, pero por allí hay jóvenes que estudian el tam-tam.

Sería bueno que todos los habitantes del país formaran una gran orquesta, cada uno con el instrumento adecuado a su capacidad, para tocar la “Gran Sinfonía del Acuerdo”. Para ello tendríamos que aprender Teoría y Práctica, para que resultara perfecta. Leeríamos todos en el mismo pentagrama. Nuestro gusto musical en potencia puede ayudarnos.



Recopilación de: Alejandro Glade R.






sábado, 23 de abril de 2016

Dumping de esqueletos…


V. R.C.
Hombres de ciencia soviéticos han descubierto millones de esqueletos de dinosaurios en una región muy apartada de la Mongolia. La noticia es desconcertante, porque en el mundo había un par de docenas de estos armazones de huesos, reunidos y cuidados con muchos sacrificios personales y monetarios.

Después de este verdadero dumping de esqueletos de dinosaurios con que nos amenazan los rusos – al igual que el trigo hace algunos años – no podemos menos que pensar en la consecuencia que tendrá el descubrimiento de tan enorme cantidad de huesos. Es evidente que hay que desenterrarlos, pero con unas pocas palas mecánicas el problema será resuelto. El cementerio dinosáurico está circunscrito según los cientistas andariegos, a un antiguo lecho de río lo que hace suponer una costumbre igual que la de los elefantes salvajes que eligen un sitio para morir.

El personaje puesto por Jenaro Prieto en “Un muerto de mal criterio” habría sufrido una gran alegría al saber de la huesera mongólica de reptiles. Hay ahora un stock para elegir toda clase de huesos, sin necesidad de recurrir a la reconstrucción de la talla dinosáurica con la ayuda del yeso. Los grandes esqueletos que se exhiben en los museos – valuados enalzadas sumas – perderán ahora su valor ante la oferta de huesos que surge desde la Mongolia. ¿Qué utilidad se dará a ese cementerio de reptiles fósiles?

Los rusos están necesitados de divisas, y con seguridad comenzarán a exportar la materia prima a destajo. El hueso como abono es cosa admitida; como alimento para aves, también; la fabricación de peinetas de hueso volverá por sus fueros, y hasta me atrevería a pensar en la iniciación de una industria, para la exportación las substancias rusas tan famosas como los pasteles de Tobolsk, que halagaron el paladar de un Rasputín.

Otro aspecto del descubrimiento de esqueletos de reptiles fósiles de las épocas jurásica y cretácea Inferior, es que la abundancia  va a producir la popularidad de unos esqueletos que antes  se consideraban joyas por lo escasos. El hueso de dinosaurio se hará popular como la marmolina, el carey y el nylon, pero no tan común como el hueso de gallina… sobre todo entre nosotros, aunque se desee construir un matadero modelo para aves…

Podríamos haber esperado del Extremo Oriente un yacimiento de huesos de dragones, pero los estudios que se han hecho dan por tierra con el emblema de los chinos. El dragón es de la fantasía y de los trajes orientales. Posiblemente en la vida real tuvo su equivalente en un pájaro grande antediluviano o un reptil alado, cuyos huesos se perdieron.

Los fenómenos extraordinarios que presentan a veces los reinos vegetal o animal tienen el privilegio de cautivar la imaginación de los hombres. Y las excavaciones revelan cada día sorpresas inauditas. ¿No es acaso desconcertante que al excavar tierras milenarias, para sacar a luz la tumba de San Pedro, se  descubra, en cambio, la tumba de un pagano, con un despreciativo epitafio para el Más Allá?

Los cientistas en la Mongolia buscaban cierto mineral preciado hoy día en el mundo… y encontraron huesos, montones de huesos de dinosaurios, cuya historia interesa a muy pocos, pero, su aplicación, a muchos.



Recopilación por: Alejandro Glade R.

viernes, 22 de abril de 2016

Contagio mental.

31 de Octubre 1948
V. R.C.

En informaciones cablegráficas aparecidas en estas mismas páginas se ha dado cuenta de un recrudecimiento asombroso de la criminalidad en Inglaterra. Posiblemente sea un fenómeno mundial, que en otras partes pasa inadvertido a causa de la poca publicidad que se da a lo que ocurre en algunos lugares que están menos en el “spot – light” o foco luminoso de la actualidad.

La post guerra tiene que ser así. Hay un desequilibrio mental colectivo, que las naciones tratan de corregir, pero siempre escapan las corrientes mentales que son consecuencia lógica de la muerte, de las matanzas y de las calamidades. Casos individuales sirven de ejemplo, para demostrar el contagio mental peligroso que se evidencia en hechos tremendos.  Aquel niño de 12 años de edad, de Ipswich, Inglaterra – de recordada y triste historia – que se colgó de una viga, después de haberse intoxicado con los pormenores de todas las ejecuciones de Nuremberg, es un ejemplo típico de lo expuesto. El pobre Thomas Ciryl Hailatone representó demasiado gráficamente sus ideas.

El pequeño Thomas no tuvo la culpa, como tampoco tiene la culpa ninguno de nuestros niños que son abandonados a su propia suerte en medio de la complicada vida moderna.

Un conocido escritor chileno dijo hace poco que la narración de fracasos, de ruinas y de asuntos truculentos satisface a un conjunto de enfermos y de fracasados. Es una terrible verdad.

Así como los estudios del doctor Gessell explican la percepción gradual de un bebé, la psicología del niño tiene también su desarrollo por etapas. Esto no es ninguna novedad, pero la mayoría de las personas con hijos o sin ellos, descuidan factores que son fundamentales en la vida infantil.

El contagio mental de los ahorcamientos en Nuremberg no sólo tuvo repercusión en el mundo infantil de Inglaterra, sino también en los Estados Unidos, en Chile y en otros países, como prueban las noticias publicadas esporádicamente en el tiempo que siguió inmediatamente a la soga final de la guerra. Aquí se registró un caso de niño suicida que eligió el ahorcamiento, y a los pocos días de ese hecho, otro suicidio similar conmovió a la ciudad.

Es magnífica la idea de tener un teatro y bibliotecas especiales para los niños. Las cintas cinematográficas, comedias y libros deben ser medidos para el desarrollo mental de los que están aprendiendo a vivir apuntalados por sus cortos años. Las negligencias llevan a la creación de problemas.


Casos inexplicables tienen su raíz en el contagio mental. Tema magnífico es éste para discutirlo en un congreso cinematográfico, y no dudo, que en Venecia, la próxima primavera, el congreso del Séptimo Arte para los niños se ocupará de problema tan vital. Empero, no se debiera esperar que las sugerencias llegaran del extranjero, cuando aquí hay personas que pueden aportar un conocimiento amplio para evitar la zozobra de los barquichuelos humanos en las rocas del mal!.

Recopilación por: Alejandro Glade R.