martes, 18 de agosto de 2015

El Payaso Azul


Fue en aquellos días en que la farándula era vocinglera, chispeante y audaz. Cada muchacho se preparaba con mucha anticipación para hacer reír con sus ocurrencias y sus piruetas. Y entre todos, recordamos a aquel condiscípulo del  Liceo de Valparaíso que murió con su cara enharinada de payaso y un sol riente estampado en su traje azul. ¿Por qué eligió ese día de primavera y de fiesta para  irse?

Al saber de su muerte, quedamos helados. No atinábamos a gritar ni a ponernos de nuevo traje de fantasía. Sabíamos que nos esperaban otras máscaras para seguir con los brincos y las risotadas en la calle. La noticia que llegó muy de mañana nos había transformado. ¿Para qué seguir en el bullicio?


La noche anterior, en la Plaza O’Higgins, cerrada con madera en  su total circunferencia, había danzado la alegría entre luces mil y al son de Las Libélulas. Nuestro compañero –que ahora estaba sosegado para siempre- gastó miles de bromas y se rió, burlándose de un cabezón de cartón-piedra, que se paseaba muy majestuoso con una dama antigua, que mostraba un lunar insolente sobre la comisura izquierda de sus labios.





-Tú debes andar con un D’Artagnan o con un payaso azul como yo-, repetía nuestro amigo a la dama antigua.

Y el cabezón de cartón-piedra, mudo, seguía del brazo de la dama.  Movía la cabeza enorme en señal de asentimiento y nada más. Su gesto era siempre el mismo. Y la cara de la dama, bajo el antifaz, se veía blanquísima, marmórea.

Al terminar el baile, las máscaras se dispersaron y salieron de la plaza por las diversas puertas. Y  quedamos varios amigos, entre ellos  el payaso azul. Comentamos las aventuras tenidas entre serpentinas y  valses, entre gritos y fox-trots. Y notamos en el rostro del payaso azul cierta tristeza, que él atribuyó al cansancio.

-Ese cabezón con la dama te ha dejado pensativo –le dijimos, interesándonos en su estado de ánimo.
-No… nada de eso – respondió-. Pero  estoy cansado… ¿La dama? ¿El hombre de la cabeza enorme? ¿Por qué aceptaba todas mis bromas? ¿Y ella?

En forma inequívoca le preocupaba el pensamiento de esta incidencia, bullendo en el fondo de su espíritu el porqué del mutismo y  del asentimiento. A pesar de todo, la pareja extraña había sido tolerante ante las pachotadas.

Y al saber la noticia del doloroso amanecer, al momento se nos vino a la memoria la tristeza de nuestro amigo al despedirse en la plaza. ¿Acaso se repitió en él la cita de Kuivishev, de la antigua leyenda rusa del boyardo y su criado? ¿Quién fue ese cabezón de cartón-piedra que se atravesó en su camino de alegría? ¿Y la dama de piel muy blanca?

Sólo sabemos que nuestro payaso azul se fue pintado, con la cara llena de albayalde. Y en cada Fiesta de Estudiantes lo recordamos, aunque la alegría ande a tropezones y los ánimos, con los años, adquieran filones de escepticismo.


Recopilación por: Alejandro Glade R.



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