jueves, 4 de agosto de 2016

La Gallina


V. R. C.
El grupo de jóvenes parecía un piño de atormentados. A las diez de la noche se afanaban por ir a un baile a cualquier parte, para oír música y ejercitar las piernas con mambos y guarachas. Cambiaban ideas y algunos querían ir al extremo sur de la ciudad y otros para el oriente. Por fin se pusieron de acuerdo y la expedición partió desde una esquina de la Plaza de Armas de ésta capital.

Esto es corriente los días sábados y domingos. Fuera de las quintas de recreo, hay unos salones de baile que ofrecen toda una variedad de peripecias monetarias y malabarismos serios. Con la llegada del frío, los jóvenes bailarines tratan de buscar una expansión bajo techo, para evitar la danza macabra de la bronconeumonía.

En el Valparaíso de otro tiempo, de aquellos años en que se tocaba “Salomé” y “Dardanela” como una gran novedad, existía un salón de baile que siempre funcionaba  “bajo techo”, es decir tenía la pretensión de ofrecer un techo a los bailarines en verano y en invierno, para que pudieran dedicarse confortablemente al arte loco  de Terpsícore. El baile más loco de ese tiempo era el  “shimmy”, un foxtrot con tiritones y con un zangoloteo de los codos, que ahora nos parecería sumamente ridículo, sobre todo en las mujeres. Y noche a noche sin esperar los sábados y domingos, la juventud más granada, la más “decente”, acudía a ese salón de baile ubicado en el Almendral, cerca de la Plaza O’Higgins. El amplio techo del caserón de dos pisos, trataba de cobijar con sus calaminas desvencijadas a los polluelos que llegaban en la noche. Y por esa función “maternal” y nocturna se dio al salón el nombre de “La Gallina”. 

Otra versión dice que el nombre le vino desde tiempo inmemorial por las trifulcas que se organizaban allí y que ponían  “carne de gallina” en los asistentes que si bien eran “decentes”, había entre ellos hombres y mujeres de “dudosa ortografía”. El aire de gresca de música y bullicio, era un contraste con el nombre de “La Gallina”, sinónimo de mansedumbre.

“La Gallina” era de dos pisos. El salón de baile enorme estaba en el segundo. No era  más que un barracón, al que se llegaba por una estrecha escalera de madera. Allí se juntaban los amigos y enemigos, después de comida, muy a disgusto de las “pololas” que sabían que después de despedirse del paseo en la Plaza de la Victoria, los príncipes azules se iban a estirar las piernas a “La Gallina”. En tiempo la barriada en que estaba el salón de baile más famoso del puerto era de gran renombre en la vida nocturna. Ahora, no hay nada de eso. Nuevas inquietudes han reemplazado el bullicio. Y las “pololas” de antaño recuerdan como regañaban a sus príncipes.

-No me mientas, tu estuviste en “La Gallina”, anoche.

-No, amiga del alma. Me acosté temprano.

Los tiempos aquellos se fueron, pero han quedado los recuerdos como aleteos. Hoy” Las Gallinas” que hay en Santiago semejan pollos raquíticos al compararse con la que había en el Almendral, en los tiempos de “Salomé” y de “Hindustán”.




Recopilación por: Alejandro Glade R.









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