viernes, 11 de septiembre de 2015

Abuelo Extraño


Reloj de bolsillo, Waltham con locomotora,
año 1900
 Ese reloj  Waltham, gordo antiguo con su máquina perfecta, está guardado en un estuche de terciopelo. El heredero lo muestra sólo a sus más íntimos amigos. Su abuelo lo adquirió en tierras lejanas.

Peinando ya canas y con el Waltham en sus manos, el heredero relata a grandes rasgos la vida de su antepasado, que vivió largos años junto a las labores del campo.

Fue un abuelo raro.  Se casó tres veces, una en Europa y dos en Chile. En Estados Unidos adquirió el reloj y después siempre lo llevó consigo atado a una gruesa cadena de plata, adornada con una libra esterlina colgante. Montaba a caballo con una agilidad pasmosa. Y por momentos se ponía divertido, a pesar de sus cejas enmarañadas que le daban un aspecto iracundo. Se jactaba de poseer un par de zapatos que le servían durante cuarenta años. Y los zapatos solamente se le gastaban en la curva y cavidad que hay en la suela por delante del taco…El contacto con el estribo era la causa.

En las tardes de verano se sentaba bajo los grandes árboles del jardín inmediato a la casa. Leía, daba algunas órdenes a los inquilinos, y sacaba su enorme reloj para acariciarlo.

-¿Por qué renguea Ño Pedro? – Preguntaba -.Que le manden a su casa al viejo Aureliano, “el aliviador”, para que lo mejore.

Otras veces era la mujer de algún inquilino que iba a tener familia la que necesitaba auxilio. Ayudaba a todos en la mejor forma.

Pero el abuelo siguió envejeciendo y acariciando su reloj. Estaba ya viudo y sus hijos emigraron a la ciudad, porque detestaban el campo. Sólo lo querían para unas cortas vacaciones y con amistades foráneas.

El día en que cumplió 93 años de edad, el abuelo se levantó muy de mañana, sin la ayuda de nadie. Se puso sus mejores espuelas, con rodaja grande. Y siempre con su agilidad admirable se dirigió al patio y ordenó que le ensillaran el alazán.

-¿No va a tomar desayuno, patrón? – le preguntó la vieja sirviente campesina.

-No… cuando vuelva, mejor…

Y montó e picó espuelas. Tomó el camino que seguía hacia la línea del ferrocarril. Poco antes de llegar a la tranquera junto a la ferrovía, sacó el reloj y vió la hora. Esperó. Luego atracó la cabalgadura a los palos para sacarlos y pasar. Lo hizo sin apearse y guió su caballo por la línea. De súbito apareció el tren en la curva cercana y el abuelo comenzó a golpear fuerte para embestir como un Quijote imaginario frente a los molinos de viento.

El reloj Waltham quedó intacto, mientras el abuelo suicida y la cabalgadura siguieron hacia mejor vida.

Lo curioso es que el reloj ostenta en la tapa de atrás una locomotora antigua, de chimenea ancha, incrustada en oro. Sin duda, cuando acariciaba el reloj, había sido su obsesión. ¿Tantos años mirándola!

Ahora, en el estuche de terciopelo, el reloj de plata duerme con su historia, y la locomotora de oro ha tomado un color rojo sangre con el tiempo.

Recopilación por: Alejandro Glade R.


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